martes, 14 de octubre de 2008

Día Mundial del Trabajo Decente (crónica concierto Córdoba)


(Ángel Vázquez - El Día de Córdoba)

Es un superviviente de otra época, o tal vez un adelantado a esta. Es el vecino del quinto. Si no fuera por lo que sabemos de él podría parecernos hasta simple. Sin embargo, en el escenario, aúlla, se retuerce, salta, y se agita un incansable acarreador de canciones, que ha escrito con su puño y letra cada uno de los avatares de su carrera. Él toma las decisiones, las buenas y las malas, pienso, mientras me engulle la energía de un surfista transgeneracional que ha diseñado con sus propias reglas los tornillos con los que montar esta singular leyenda. Manolo García, el encantador de serpientes, la implacable voz de nuestra conciencia, el mago juglar individualista y autodidacta, hecho a sí mismo, el inconformista, el comprometido, llenó Vista Alegre como hacía tiempo no se recordaba, reavivando el fuego de su religión, encastrando su repertorio en una noche que avanzó perpleja ante la vigencia de sus mensajes de siempre, ante la fuerza de un discurso musical moldeado con sus propias manos desde hace 25 años.

García odia las chapuzas. No concibe una banda mediocre, ni una escenografía insulsa, no admite un concierto a medio gas, ni una entrega hipócrita. Para él cada concierto celebra el Día Mundial del Trabajo Decente. García es todo o nada. Y en Córdoba, de nuevo, lo fue todo. Arrolló a la concurrencia, la arrastró a sus dominios, la envenenó con sus gestos y pellizcos, la entusiasmó con esa sencillez de siempre. Para Manolo no debe ser fácil. Su honestidad le pierde. Se deja llevar y lo mismo sucumbe ante el fervor de sus fans que arremete contra la industria, los politonos, las operaciones para triunfar y las armas de redención sonora masiva dibujadas en despachos acristalados. Es una dicotomía para la que una cabeza tiene que estar muy bien amueblada. Pero él avanza con su tropa y destruye tópicos y estadísticas. No hay crisis, sólo malos conciertos. No hay pinchazos, sólo aburrimiento.

Para él no pasa el tiempo, aunque de soslayo se le noten las cicatrices. Es un guerrero a pecho descubierto que no oculta su procedencia terrenal. No aspira como César a ser un dios, sino más bien se contenta cual Marco Antonio con los placeres mundanos mientras prepara su batalla contra los Partos. Su concierto en Córdoba presentó como base su último disco, salpicado por viejas canciones vestidas con nuevos ropajes, ahora lujosos, ahora sencillos. Ni en lo uno ni en lo otro abandona un obstinado sello personal que lo marca todo a fuego, como cubierto de un caramelo que parece embriagar más que empalagar a un público entregado de antemano.

Y en ese galimatías de ayeres y hoys, de Creta, el Magreb, Andalucía o los Clash, siempre sus mensajes de alarma, siempre la naturaleza gritando, mientras la linchan. Cuando pensábamos que el cambio climático eran las borrascas de Mariano Medina, García ya incluía en sus discos los logos de organizaciones que empezaban a advertir de que nos estábamos cargando el mundo. Tal vez por eso no le importaría vivir en una eterna edad de piedra ("Confieso que si por mí fuese igual acabaríamos en taparrabos y albarcas") con tal de protegerse ante los desmanes y atropellos llevados a cabo en nombre del progreso. El que junto a Quimi fuera adelantado en el compromiso humano y medioambiental no ceja aún en su empeño de poner su granito de arena en pos de, si no mejorar, cuando menos no empeorar lo que nos rodea. El mensaje llega alto y claro, como sus canciones, como su empecinada vida al margen del mundanal ruido, como su permanencia más allá de las modas, o su vigencia ajena a los tumbos del mercado, más pendiente de la decencia que de la dirección desde la que sopla el viento.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ve un poco al grano, no te quieras parecer a Manolo escribiendo porque queda mal. Ten un poco de personalidad.

Anónimo dijo...
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