jueves, 9 de octubre de 2008

Manolo García : "En los conciertos todo vale, como en el amor y la guerra"


Manolo García, fiel a su cita con el Pilar, presenta en Zaragoza su último trabajo, Saldremos a la lluvia, a las 22.00 horas en el Príncipe Felipe. Las entradas pueden adquirirse por 25 euros en cajeros y web de Ibercaja, o en las taquillas.


--¿Cómo está yendo la gira? ¿Ya tiene ganas de retirarse a algún país a preparar el siguiente disco?

--(Ríe) No, cuando me embarco en un viaje intento acabarlo bien, desear volverme a casa sería terrible. Yo no tengo sensación de cansancio, porque cada concierto es una fiesta para el músico. Mi mayor motivación es subir al escenario, al fin y al cabo la finalidad de una canción es ser escuchada.

--Sus temas van siendo más pausados. ¿Le supone un problema para animar el directo?

--Es cierto que en una visión escalonada de mis últimos discos sí hay ritmos más lentos, pero a mí en el directo siempre me ha interesado la guitarra eléctrica como base. Puedo utilizar los instrumentos más extraños como acompañamiento, pero la base está ahí. Hay que encontrar el equilibrio de tiempos para conseguir un concierto animado.

--¿Concibe un concierto sin Manolo subido a los andamios?

--(Ríe) Depende del día, pero siempre tengo ganas de comunicar y llegar al público. A veces, buscando esa comunicación, me tiro al público o lo que sea. Todo con tal de conseguir que la gente se vaya con un buen recuerdo del concierto, todo vale, como en el amor y en la guerra, dicen.

--Suele tocar alguna canción de El Último de la Fila, pero esta vez ha innovado. ¿Cuestión personal o petición del público?

--Solo por variar. Siempre me pongo una cota de dos o tres temas de el Último, porque no me parecería justo, sería poco ético, el Último ya no existe. Hay guiños para el público, por cortesía, y este año toco Bailarás como un indio, que no la había tocado nunca en directo, además de El loco de la calle e Insurrección.

--Los toca pero los arregla. ¿Lo hace también con los suyos?

--También, pero son versiones reconocibles, no como las de Dylan, que termina y no sabes que canción ha tocado (Ríe). Lo hago para divertirme, si no sería un funcionario de la música, con todo el respeto.

--Sus escenografías son muy coloristas. ¿Las idea usted?

--Yo soy el loco que está pensando cosas, de la chabola que surge de mis ideas, de mis paridas, surge algo y junto al técnico de iluminación, José Alegre, lo adaptamos. Esta vez hemos creado un escenario de telas al estilo del Tíbet, que si hay viento al aire libre hace que sea todavía más mágico al agitarse.

--Aboga por volver a la tradición. ¿Prefiere recintos pequeños?

--He tenido la suerte de conocer ambas facetas. Los conciertos grandes son sobrecogedores, con la multitud rugiendo, es imponente. Pero musicalmente, más que tocar golpeas, para levantar a la multitud. En pequeños recintos es donde realmente se toca, se pulsan las cuerdas, modulas la voz... Yo me quedo con un término medio, recintos de unas 2.000 personas.

--¿Cómo le recibe Zaragoza?

--Hay un vínculo muy especial, de hecho con todo Aragón, ya desde Los Rápidos y Los Burros. Es la comunidad limítrofe con Cataluña, y recuerdo perfectamente los primeros conciertos fuera. Hubo buena acogida, y son cosas que permanecen.